Cuando lo conoció, cambiaron muchas cosas en su vida. Se sorprendió a si misma soñando, haciendo planes en presente e imaginando un mañana en el que había dejado de creer hacía varios corazones rotos.
Sin afanes vivía cada momento desde la parcela que le había regalado en la luna y a donde se mudaron aquella primera mañana en que amaneció en sus brazos.
Se dejó llevar y se entregó sin siquiera planearlo, pensarlo, cuestionarlo; se entregó a él y a aquel sentimiento, algo que su razón no le hubiese permitido si estuviese en condiciones de analizar la situación, pero estaba dormida, embebida en aquella fascinación en que se sumía cuando lo escuchaba hablar, cuando se perdía en sus ojos, cuando naufragaba en su abrazo.
Nunca hubo promesas, nunca hubo preguntas. Todo era tan perfecto para ella, que se abandonó a él. Pero un día, él partió de regreso a su tierra y ella se sentó a esperar, como Penélope, en aquel banco del andén; y allí permaneció hasta aquel fatídico día cuando recibió una carta que le abrió los ojos, la trajo de regreso a la tierra, a la casa, a su habitación, y rompió en mil pedazos el cristal de sus sueños y de sus sentimientos.
Y allí, parada en el andén, aquella carta en la que él le contaba como había reencontrado al amor de su vida, arrojó a Penélope a los rieles segundos antes de que arribara el tren del medio día, mientras ella salía de su habitación y le echaba el cerrojo a sus sueños rotos.
TGL 2010