Durante años, cargó con su equipaje de caracolas, hermosos caparazones de sueños y murmullos de mar, que la acompañaron de casa en casa.
Un día cualquiera, cuando creció, su príncipe azul las desestimó, y ella, desconsolada, decidió buscarles un mejor hogar. Custodiaron las puertas del castillo paterno durante más de una década, hasta el día que un joven constructor vio en una de ellas, el símbolo de su camino.
La tomó, la lavó y le dió un nuevo lugar, rescatándola, como hace años ella lo hiciera de aquel cementerio, y hoy nuevamente representa murmullos de mar y sueños en construcción.
A Ale.