Amaba a Natalia pero no podía dejar de pensar en Laura. La conoció en un paseo al que Naty lo invitó cuando apenas iniciaban a salir, pero en esa ocasión no le prestó atención. Fue aquella noche de locos, en el bar, cuando bailando muy cerca de ella, su forma de susurrarle al oído, la sensación de aquella cintura en su mano y el aroma de su piel justo en el punto en que termina el lóbulo e inicia el cuello, despertó sus sentidos dormidos.
Aquella noche todos tomaban, la música era sugestiva y por unos minutos perdió a Natalia y fue ella, Laura, quien lo rescató de aquel infierno de celos.
Amaba a Natalia, o por lo menos eso creía; más bien, como decían sus amigos, la necesitaba para limpiar su karma pues aquella “lolita bomba sexual” jugaba con él como antes el jugaba con las chicas con las que salía. No podía dejarla, pero no podía seguir con ella.
Laura lo había enloquecido, pero no la conoció, siempre estuvo al margen, tan lejos, tan indiferente. Sólo aquella noche, cuando Natalia desapareció pudo, por un momento, olvidar la angustia y los celos permanentes que ella le generaba cuando, estando con él, siempre terminaba conversando con otros; desaparecieron en aquel beso que ella le dio mientras bailaban, minutos antes de montarse en aquella moto que la llevaría a ninguna parte.
Aun hoy, amaba a Natalia, o por lo menos eso creía, pero no podía dejar de pensar en Laura.