La pequeña avioneta de la aerolínea local aterrizó, luego de un vertiginoso giro sobre el recodo del río, en una pequeña, angosta y pedregosa pista a su costado.
Al bajar, a pesar de ser de mañana, el aire calido y húmedo golpeó nuestros rostros. La primera impresión que tuve fue haber descendido en una pista clandestina, no se veía el movimiento y la infraestructura de lo que llamaríamos mínimamente, aeropuerto de pueblo.
Las maletas nos fueron entregadas apenas descendimos de la aeronave, sin recibo ni protocolo alguno, sólo un “cuál es la suya monita”. Sin tener más nociones de cómo continuaba el viaje, me dirigí, como los demás pasajeros, hacia la orilla del río donde esperaba una canoa que, tras una travesía de no más de media hora, nos llevaría al puerto ubicado al otro lado del río.
Estás son las instantáneas de ese viaje en canoa:
Una garza de porte altanero descansa en un playón de arena en medio del río.
Un hombre parado en una chalupa que baja por el río sosteniendo un machete cuya hoja brilla al sol.
Un hombre manco desde la orilla agita su mano para saludar a su compadre que viaja en nuestra canoa.
Dos niños intentan subir una carretilla por una empinada orilla del río; transportan en ella arena que han descargado de la canoa que está a sus pies.
Un martín pescador que desde un chamizo que emerge del río, nos ve impávido pasar.
Una hamaca bajo una incipiente ramada cubierta de hojas de palma en una isla de arena y piedra prolongación de un playón de la orilla.
Una flota de canoas atracada en la orilla del puerto, todas similares a la nuestra, de colores amarillo y verde, cubiertas con una lona plástica, dos banderas de Colombia ondeando al viento al final de la cubierta, con motor Yamaha fuera de borda y sillas pláticas adaptadas para la comodidad del pasajero.
Chalecos sostenidos por cuerdas al techo, esperando caer sobre los pasajeros, como sucede en los aviones, en caso de emergencia.
Un zapatito blanco, que debió perder algún bebé, colgando bajo el nombre de la embarcación: la Santa Bárbara 012.
Descendimos en un puerto de río bien organizado, escalones y rampas en cemento, pasajeros que van y vienen, música de cantina saliendo de los establecimientos al otro lado de la calle en que desemboca el puerto, y en la que nos esperaba el transporte que nos llevaría a nuestro destino final.
TGL
Puerto Perales, agosto 3 de 2004
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