Me detengo a observar, allí está en la otra plataforma. Su mirada serena y penetrante escudriña los pasajeros de la ruta contraria; se detiene en mi y me sonríe.
Con un gesto me invita a un café, salimos juntos de la mano y caminamos hasta el Café, pedimos capuchino y vienés y gastamos la tarde hablando de libros y poesía, de la exposición que visitaremos mañana, su última obra y mi próximo trabajo.
No dejo de mirarlo. Me encanta su gabán y el cabello ensortijado con visos de cobre que le cubre media espalda. Siempre sonríe con sus ojos azules, y es como si quisiera calcar el mundo en la carpeta que lleva siempre bajo el brazo.
Entramos a la librería Continental, recorremos los estantes y jugamos a regalarnos libros, reímos juntos y hablamos de futuro.
De repente el llamado del altoparlante que repite que hay que permanecer tras la línea amarilla. Una imagen en movimiento distorsiona su figura que pasa rápidamente tras los cristales, ahora en dos direcciones opuestas.
Lo busco, pero se ha ido.
Serie: Roces de Tiempo (2003)
lunes, 21 de diciembre de 2009
viernes, 6 de noviembre de 2009
El Mago
Una vez conocí un mago que era capaz de hacer volar mariposas en el desierto y que podía encender las velas con un suspiro en una noche de luna nueva; sus palabras hacían brotar las flores antes de ser capullos; con cada caricia una nueva estrella fugaz brillaba en el cielo y sus besos hacían los sueños realidad, sin importar que tan fantasiosos fueran.
Pero una noche desnudó su alma y dejó olvidado su sobrero en la mesita de la sala; y al salir de casa sintió que olvidó su magia, pero no quería regresar.
Hoy es un hombre como tantos que deambulan por las calles de cualquier ciudad, sin brillo en ojos o vitalidad en su sonrisa. Todo porque olvidó que para ser mago no necesita de un sombrero.
De la Serie: Libreta de Apuntes (2005)
Pero una noche desnudó su alma y dejó olvidado su sobrero en la mesita de la sala; y al salir de casa sintió que olvidó su magia, pero no quería regresar.
Hoy es un hombre como tantos que deambulan por las calles de cualquier ciudad, sin brillo en ojos o vitalidad en su sonrisa. Todo porque olvidó que para ser mago no necesita de un sombrero.
De la Serie: Libreta de Apuntes (2005)
domingo, 1 de noviembre de 2009
Cartagena de Indias
Cuento por encargo, para media noche
Se encontraron aquella noche
en medio de una tormenta de individualidad, expectativas y temores.
Se encontraron y descubrieron que podían permitir que sus caminos se entrelazaran
en un tiempo y un espacio que podía ser infinito en un instante,
buscando respuestas a sus expectativas
pero atesorando sus temores como esencia de su individualidad.
05/01/08
TGL
martes, 20 de octubre de 2009
SONES I
De repente me vi inmersa en eso que han dado por llamar realidad fantástica caribe.
En un no muy grande auditorio pululante de estudiantes, profesores y periodistas, estaba compartiendo, sin saberlo, con los mejores reyes vallenatos.
Todos, allí reunidos, le brindaban un especial homenaje al rey de reyes "Colacho" Mendoza. Y las palabras salidas como de una canción que pronunciaba el maestro Escalona, se sucedían con las notas teñidas de vitrola vieja que Julio Oñate traía para ilustrar sus recuerdos.
Y fe así como el palo´e mango y la parranda con el acordeón, improvisando versos, el duelo entre Francisco el Hombre y el Diablo, y otras historias y costumbres de la región, tomaban ante mí una nueva dimensión, al lado de los recuerdos de doña Margarita – mi abuela paterna –, mi primer referente de estas tierras.
De la serie: Cuentos desde Santa Marta (2004)
En un no muy grande auditorio pululante de estudiantes, profesores y periodistas, estaba compartiendo, sin saberlo, con los mejores reyes vallenatos.
Todos, allí reunidos, le brindaban un especial homenaje al rey de reyes "Colacho" Mendoza. Y las palabras salidas como de una canción que pronunciaba el maestro Escalona, se sucedían con las notas teñidas de vitrola vieja que Julio Oñate traía para ilustrar sus recuerdos.
Y fe así como el palo´e mango y la parranda con el acordeón, improvisando versos, el duelo entre Francisco el Hombre y el Diablo, y otras historias y costumbres de la región, tomaban ante mí una nueva dimensión, al lado de los recuerdos de doña Margarita – mi abuela paterna –, mi primer referente de estas tierras.
De la serie: Cuentos desde Santa Marta (2004)
viernes, 16 de octubre de 2009
ROCES DE TIEMPO
Frente a ellos había pasado toda una vida, olores y tactos que habían borrado su huella.
Se miraron y evitaron el deseo. Se hablaron desde la distancia de los años que habían pasado y rieron desde los formulismos sociales en los que estaban enmarcados.
Sin esperarlo se vieron solos frente a un café. Un roce sutil bajo la mesa, una mirada profunda al alma y la piel, y toda su vida pasó frente a ellos, entre sábanas ajenas y paredes frías y mudas, en medio de olores propios y calidez de cuerpos.
Poco después, cientos, miles de kilómetros y días entre ellos, y un vacío de piel.
De la serie: Historia en siete actos
Se miraron y evitaron el deseo. Se hablaron desde la distancia de los años que habían pasado y rieron desde los formulismos sociales en los que estaban enmarcados.
Sin esperarlo se vieron solos frente a un café. Un roce sutil bajo la mesa, una mirada profunda al alma y la piel, y toda su vida pasó frente a ellos, entre sábanas ajenas y paredes frías y mudas, en medio de olores propios y calidez de cuerpos.
Poco después, cientos, miles de kilómetros y días entre ellos, y un vacío de piel.
De la serie: Historia en siete actos
martes, 13 de octubre de 2009
IMAGENES I
Hoy entré a una de las bodegas de la universidad. Queda situada allá, al fondo y en la trastienda del último bloque construido... tan lejano y tan aislado de los bloques centrales, que es llamado Gorgona.
Me acerqué para averiguar por una silla. Desde que visito este edificio, construido en forma de herradura abierta en torno a una anciana acacia, he visto una mesa huérfana que deambula por todo el patio, y a falta de oficina, pensé instalarme temporalmente en ella para estudiar a la tibia sombra del árbol y a la "suave" brisa de febrero.
Imaginen lo que ví en la bodega: tres reyes magos de un metro de altura sin distinciones en su coloración de piel, jugaban escondite entre arrumes de sillas, mesas y cajas de aire acondicionado, diseminados por el salón; algunas cajas de archivos perdidos y olvidados, anaqueles llenos de cuanta cosas puede haber en bodega, y tras la puerta, como queriendo esconderse de todo, un triste piano de cuarto de cola, mutilado de pies y manos, dejaba ver su vientre abierto al olvido.
De la Seria: CUENTOS DESDE SANTA MARTA (2004)
Me acerqué para averiguar por una silla. Desde que visito este edificio, construido en forma de herradura abierta en torno a una anciana acacia, he visto una mesa huérfana que deambula por todo el patio, y a falta de oficina, pensé instalarme temporalmente en ella para estudiar a la tibia sombra del árbol y a la "suave" brisa de febrero.
Imaginen lo que ví en la bodega: tres reyes magos de un metro de altura sin distinciones en su coloración de piel, jugaban escondite entre arrumes de sillas, mesas y cajas de aire acondicionado, diseminados por el salón; algunas cajas de archivos perdidos y olvidados, anaqueles llenos de cuanta cosas puede haber en bodega, y tras la puerta, como queriendo esconderse de todo, un triste piano de cuarto de cola, mutilado de pies y manos, dejaba ver su vientre abierto al olvido.
De la Seria: CUENTOS DESDE SANTA MARTA (2004)
martes, 6 de octubre de 2009
INSTANTÁNEAS DE VIAJE
La pequeña avioneta de la aerolínea local aterrizó, luego de un vertiginoso giro sobre el recodo del río, en una pequeña, angosta y pedregosa pista a su costado.
Al bajar, a pesar de ser de mañana, el aire calido y húmedo golpeó nuestros rostros. La primera impresión que tuve fue haber descendido en una pista clandestina, no se veía el movimiento y la infraestructura de lo que llamaríamos mínimamente, aeropuerto de pueblo.
Las maletas nos fueron entregadas apenas descendimos de la aeronave, sin recibo ni protocolo alguno, sólo un “cuál es la suya monita”. Sin tener más nociones de cómo continuaba el viaje, me dirigí, como los demás pasajeros, hacia la orilla del río donde esperaba una canoa que, tras una travesía de no más de media hora, nos llevaría al puerto ubicado al otro lado del río.
Estás son las instantáneas de ese viaje en canoa:
Una garza de porte altanero descansa en un playón de arena en medio del río.
Un hombre parado en una chalupa que baja por el río sosteniendo un machete cuya hoja brilla al sol.
Un hombre manco desde la orilla agita su mano para saludar a su compadre que viaja en nuestra canoa.
Dos niños intentan subir una carretilla por una empinada orilla del río; transportan en ella arena que han descargado de la canoa que está a sus pies.
Un martín pescador que desde un chamizo que emerge del río, nos ve impávido pasar.
Una hamaca bajo una incipiente ramada cubierta de hojas de palma en una isla de arena y piedra prolongación de un playón de la orilla.
Una flota de canoas atracada en la orilla del puerto, todas similares a la nuestra, de colores amarillo y verde, cubiertas con una lona plástica, dos banderas de Colombia ondeando al viento al final de la cubierta, con motor Yamaha fuera de borda y sillas pláticas adaptadas para la comodidad del pasajero.
Chalecos sostenidos por cuerdas al techo, esperando caer sobre los pasajeros, como sucede en los aviones, en caso de emergencia.
Un zapatito blanco, que debió perder algún bebé, colgando bajo el nombre de la embarcación: la Santa Bárbara 012.
Descendimos en un puerto de río bien organizado, escalones y rampas en cemento, pasajeros que van y vienen, música de cantina saliendo de los establecimientos al otro lado de la calle en que desemboca el puerto, y en la que nos esperaba el transporte que nos llevaría a nuestro destino final.
TGL
Puerto Perales, agosto 3 de 2004
Al bajar, a pesar de ser de mañana, el aire calido y húmedo golpeó nuestros rostros. La primera impresión que tuve fue haber descendido en una pista clandestina, no se veía el movimiento y la infraestructura de lo que llamaríamos mínimamente, aeropuerto de pueblo.
Las maletas nos fueron entregadas apenas descendimos de la aeronave, sin recibo ni protocolo alguno, sólo un “cuál es la suya monita”. Sin tener más nociones de cómo continuaba el viaje, me dirigí, como los demás pasajeros, hacia la orilla del río donde esperaba una canoa que, tras una travesía de no más de media hora, nos llevaría al puerto ubicado al otro lado del río.
Estás son las instantáneas de ese viaje en canoa:
Una garza de porte altanero descansa en un playón de arena en medio del río.
Un hombre parado en una chalupa que baja por el río sosteniendo un machete cuya hoja brilla al sol.
Un hombre manco desde la orilla agita su mano para saludar a su compadre que viaja en nuestra canoa.
Dos niños intentan subir una carretilla por una empinada orilla del río; transportan en ella arena que han descargado de la canoa que está a sus pies.
Un martín pescador que desde un chamizo que emerge del río, nos ve impávido pasar.
Una hamaca bajo una incipiente ramada cubierta de hojas de palma en una isla de arena y piedra prolongación de un playón de la orilla.
Una flota de canoas atracada en la orilla del puerto, todas similares a la nuestra, de colores amarillo y verde, cubiertas con una lona plástica, dos banderas de Colombia ondeando al viento al final de la cubierta, con motor Yamaha fuera de borda y sillas pláticas adaptadas para la comodidad del pasajero.
Chalecos sostenidos por cuerdas al techo, esperando caer sobre los pasajeros, como sucede en los aviones, en caso de emergencia.
Un zapatito blanco, que debió perder algún bebé, colgando bajo el nombre de la embarcación: la Santa Bárbara 012.
Descendimos en un puerto de río bien organizado, escalones y rampas en cemento, pasajeros que van y vienen, música de cantina saliendo de los establecimientos al otro lado de la calle en que desemboca el puerto, y en la que nos esperaba el transporte que nos llevaría a nuestro destino final.
TGL
Puerto Perales, agosto 3 de 2004
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